El privilegio de ser terapeuta

El privilegio de ser terapeuta: por qué amo mi profesión.

El privilegio de ser terapeuta.

 

Para mí ser terapeuta es un privilegio. Amo mi profesión, aunque no sea ni mucho menos fácil. En las sesiones de terapia se ponen en juego emociones, vulnerabilidad, dudas, a veces impotencia, a veces frustración, a veces sensación de fracaso…

Y no solo por parte del paciente. Este oficio no va de que el terapeuta “arregle” al paciente. Este oficio va de que un ser humano acompaña a otro ser humano. Es una relación profesional, pero también profundamente humana. El terapeuta es “experto” (o se le presupone) en los vericuetos de la mente, las emociones y el comportamiento. El paciente, es experto ¡faltaría más! En su propia vida. Se trata de que juntos, paciente y terapeuta, encuentren la manera de que uno de ellos, el paciente, se acerque a ser la persona que quiere ser y a vivir la vida que quiere vivir.

 

El origen de muchas vocaciones: Quirón, el sanador herido

 

El mito griego de Quirón, el sanador herido parte de una tragedia. El dios Cronos estaba obsesionado por el deseo de poseer a la ninfa Filira, qué, según algunas versiones, era su sobrina. La ninfa, desesperada, se convirtió en yegua para escapar, pero no consiguió engañar a su tío, quién convertido en caballo, finalmente violó a Filira.

Fruto de esta violación nació Quirón, mitad hombre, mitad caballo. Se cuenta que cuando su madre lo vio, profirió un grito de espanto ante su monstruosa imagen, y rechazándolo lo abandonó a su suerte. Nada más nacer, Quirón sufrió la herida del abandono por parte de su propia madre.

Quirón sobrevivió y después de muchas peripecias, hubo de sufrir una segunda herida, en la cual tampoco tuvo responsabilidad. Su amigo Heracles, estaba celebrando la hazaña de haber completado sus 12 trabajos. Embriagado, comenzó a apuntar sus flechas, emponzoñadas con el veneno de la Hidra, hacia el cielo, con tan mala fortuna, que una de estas flechas hirió a Quirón, clavándose en su pierna y acosándole con un dolor espantoso.

El centauro Quirón, desesperado, buscó entonces una forma de sanar su herida, de curar el dolor que sentía. En esa búsqueda, aunque no consiguió curar su herida, aprendió las artes de la sanación. Quirón, el sanador herido, trató de aliviar su propio sufrimiento y descubrió así su vocación de ayudar a los que a él se acercaban buscando aliviar sus penas.

Quirón es el “patrón mitológico” de los psicólogos y terapeutas. Y no es extraño, pues en el origen de muchas, muchísimas vocaciones terapéuticas, y la mía no es una excepción, está el anhelo de buscar el alivio del propio sufrimiento. Atravesar el propio sufrimiento vital genera aprendizajes que no se adquieren en la universidad.  A veces, a partir de ahí, surge naturalmente el deseo de contribuir a aliviar el sufrimiento de los demás.

Existe una verdad irrefutable, que es común a todos nosotros, como seres humanos, y es el hecho de que en la vida hay sufrimiento. Todos tenemos heridas en nuestro interior. No hay ningún ser humano que no conozca la pena, el desengaño, la soledad, el miedo…

La importancia del vínculo: Un encuentro humano “real”

Y es desde este sentimiento de humanidad compartida, desde la realidad del sufrimiento, propio o ajeno, y desde el anhelo, legítimo y poderoso de aliviarlo, desde donde surge el vínculo, el encuentro que propicia la terapia.

Un requisito fundamental para ser terapeuta es el amor a los seres humanos.

Como decía al principio para mi ser terapeuta no es “dar consejos” o “solucionar problemas” sino ser capaz de generar un espacio de acompañamiento donde las soluciones genuinas, pueden brotar.

Pero para ello el punto de partida es concebir a cada persona como lo que es. Un ser único, inconmensurable y misterioso, que, tal y como yo, como tú y como cada uno de nosotros, está tratando de vivir su vida lo mejor posible. Es desde esta concepción donde puede producirse un encuentro humano “real”. Y ese encuentro humano “real”, ayuda.

El daimón interno: Propósito y sentido

Y volviendo a los griegos, esta vez quiero aludir al daimón. El daimón es esa voz interna, vinculada a la esencia, al potencial de cada uno de nosotros.

Para mí el trabajo de ser terapeuta se relaciona con mi daimón interno porque es un oficio con sentido y propósito, que me estimula a darlo todo de mí misma.

No se trata de nada mítico ni grandioso. Es más bien algo humilde. Lo que da sentido a mi profesión es la posibilidad contribuir, desde quien yo soy, con mis defectos y virtudes, a aliviar el sufrimiento de otro ser humano. En último término es lo que para mí constituye el privilegio de ser terapeuta y la razón por la cual amo mi profesión, aunque no sea, fácil.